En la pedagogía actual, directivos y docentes, más que conocimientos hay que ofrecer calidad humana.


Ahora que los saberes fácilmente se encuentran en la tecnología, computadores, celulares, internet, inteligencia artificial, en fin, toda una plataforma innovadora desde la cibernética que está a la orden del día al servicio de cualquier superdotado o aprendiz, aunque mal utilizada e idiotiza, poco enseñan, si actualiza datos y estadísticas en lo que el ser humano a través de la historia ha construido como las memorias del hombre en el mundo.
Dado el mencionado planteamiento novedoso y de cambios ultramodernos, que en ningún instante riñe con el desplazamiento del maestro en el aula de clase, si se requiere resignificar el acto pedagógico y por la convulsión de los tiempos, vale la pena enfocar la academia y el discurso magisterial hacia los cánones de las buenas costumbres, creando un excelente clima de armonía, apalancando la integración, la convivencia social resquebrajada por los egoísmos y el afán de poder, obviamente pretendiendo hacer de la vida una escuela con valores, sin violencia y de absoluto respeto por las diferencias.
En los últimos años, y no lo digo con nostalgia ni resentimientos, los entendidos de los comportamientos escolares, niños, adolescentes y jóvenes, vienen direccionando e insistiendo en hacerle un entierro de tercera al proceso de enseñanza aprendizaje a los métodos ortodoxos como tablero, tiza y lengua, es decir, ofreciendo una invitación a nuevos educadores para dejar a un lado cada practica o paradigma tradicional que nada más conduce a recitar patrones teóricos, en exigencias normativas, esquemas conductistas que bajo fórmulas impositivas del docente, pretenden imponer mejoramientos de exploración actitudinal.
Ya no más; quizá los instructores experimentados hemos venido impartiendo la misión, equivocados con esta propuesta metodológica. La verdad es que dichos laboratorios últimamente han distanciado al discente de los templos del saber, con lo que el menor, realmente quiere aprender, de acuerdo a sus intereses particulares y colectivos.
La educación, al igual que el gusto por la lectura, deben ser convenios consensuados y que no deben ser imposiciones marcadas sobre los caprichos del educador. Duele un poco desprendernos de las reglas para la disciplina, esa total atención exclusiva que, según la autoridad del maestro se debe seguir en cada momento pedagógico; tal vez pensamos erróneamente que con la flexibilidad al resignificar la clase estamos perdiendo autonomía ante el estudiante, pero la razón, especialmente después de los encierros obligatorios que genero el fenómeno de la pandemia, es que los alumnos se encuentran en otro ambiente, enajenados, distraídos y distanciados, algunos con afán de resolver sus propios problemas, otros haciendo uso de sus potencialidades con las ayudas tecnológicas, y hay quienes prefieren estar libres para inventar y labrar su futuro, utilizando su entorno social o familiar, de acuerdo a sus capacidades e intereses.
Entonces, apreciados colegas del pizarrón y los abecedarios, aun y por siempre vamos a ser imprescindibles para el apoyo del contexto escolar como guías y consejeros, que el educando aprenda a su particular ritmo utilizando prácticas agradables en la lúdica, la diversión y descubriendo su visión de mundo con sonrisas, que no con la amenaza de la nota o la sanción, obviamente sin descuidar la universalidad de los conocimientos y el saber, pero nuestro papel, lo sigo afirmando, los pedagogos del momento debemos atinarle a doblegar los temperamentos agresivos, desestabilizadores y compulsivos que vienen presentando los jóvenes en las instituciones; en pocas palabras, ser más profesionales desde la humanística, catedráticos incansables en la convivencia y no solo perfiles de maestros diplomados en la carrera hacia los doctorados para mejorar salarios, por encima de nuestro subliminal compromiso.
Más que científicos, la sociedad colombiana requiere de auténticos misioneros con pasión de apóstoles, y con abundante calidad humana en la enseñanza, para que, en los días que uno tras otro son la vida, podamos anhelar cualquier mañana no muy lejana, levantarnos todos con la alegría del amor, abrazarnos sin complejos y estrecharnos en un saludo eterno, teniendo como fundamento que, en democracia, es un deber-derecho respetar las diferencias.